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jueves, 5 de noviembre de 2015

09. ¿Investigación inter-disciplinaria?


Otro estereotipo acerca de la investigación que aparece en el ámbito educativo es aquel según el cual la educación no soporta investigaciones desde una sola disciplina y, en consecuencia, la investigación en educación tiene que ser “inter-disciplinaria”.

Calificamos de ‘estereotipo’ esta idea porque nos parece que ella —junto con otras que ya hemos visto— tapona el lugar de la comprensión sobre el proceso investigativo. Es decir, todos los estereotipos que hemos visto hasta ahora NO explican el proceso investigativo, ni favorecen el proceso investigativo, sino que más bien sirven a una esfera de la praxis humana distinta. Y no habría que discutir solamente si se trata de investigaciones en campos distintos del de la ciencia, sino de qué estatuto tienen las autodenominadas “investigaciones” en el campo al que pretenden pertenecer (cuando no dicen que pertenecen al campo de la ciencia), o en aquel al que pertenecerían, dados sus propósitos, más allá de lo que digan sus autores. Por ejemplo: muchas de las investigaciones que se proponen hacer transformaciones educativas o re-significar ciertas prácticas no sólo no son investigaciones del campo de la ciencia (así lo digan y así citen sendos autores en sus bibliografías), sino que tampoco son investigaciones del campo de las aplicaciones, pues no se esfuerzan por entender aquello que se proponen cambiar y, en consecuencia, lo que proponen no es capaz de transformar la educación. Es más, dado que no se trata de conocer el campo, sino de juzgarlo de antemano como necesitado de intervención, terminan proponiendo salidas que ya han sido planteadas y ensayadas hace mucho tiempo. Para cambiar algo, se requiere saber cómo está hecho y propiciar las condiciones de posibilidad de la transformación; si, en lugar de hacer eso, se plantean buenos propósitos, pues nada cambia y lo único logrado es haber quedado registrado en la esfera de la praxis donde decir eso es de buen recibo.

Pues bien, la idea de que el objeto de investigación <educación> es especial nada tiene que ver con la comprensión del proceso cognitivo. Ningún objeto de conocimiento tiene una especificidad tal que pida la interdisciplinariedad (atención: algunas situaciones o problemas —que son asuntos distintos a un objeto de conocimiento— sí requieren la concurrencia de diversos “expertos”, miradas desde diferentes perspectivas... ya lo veremos más adelante). Lo único que la especificidad de un objeto determina es el tipo de conocimiento que puede afrontarla; así, por ejemplo, un objeto estocástico no se investiga buscando leyes de determinación.

Desde la investigación en el campo de la ciencia, podemos diferenciar tipos de objeto: representado, abstracto formal y concreto-real.


Objeto representado

Es aquel que la experiencia y el sentido común nos permiten concebir. Este objeto se construye en la vida social y gana tal consistencia para nosotros, sus usuarios, que lo llamamos “realidad”; es decir, se reifica, se convierte en un fetiche. Sin embargo, un objeto así construido es absolutamente heterogéneo; para comprobarlo, basta con preguntar a diez agentes educativos sobre lo que significa cualquier idea de las que circulan en la escuela. Tal heterogeneidad se da porque, en los ámbitos donde funciona el objeto representado, no se requiere ninguna precisión ni rigurosidad; y no por un defecto en el procedimiento, sino por la especificidad de las esferas de la praxis humana donde se produce y funciona, donde tienen que caber muchos intereses y perspectivas. La educación, por ejemplo, como objeto representado, no necesita más que la vida social en la que uno se entera de que hay una práctica social llamada “educación”; además, en ese campo una serie de instancias emite una serie de discursos que sirven de “atmósfera” general del ámbito. La política educativa, por ejemplo, introduce todo tipo de expresiones (‘objetivos’, ‘indicadores’, ‘estándares’, ‘competencias’, ‘derechos básicos de aprendizaje’… para referirnos a un solo aspecto, múltiplemente nombrado) y medidas que ponen a los agentes educativos  a hablar con ciertos términos y mediante ciertos géneros expresivos.

Si nuestra percepción coincidiera con la especificidad del objeto (incluso con la mediación de la llamada “experiencia”), pues no sería necesaria la ciencia. Es inevitable que nos representemos nuestra relación con las prácticas sociales en las que participamos, pero eso no quiere decir que tal representación coincida con la especificidad de dicha práctica; además, el hecho de que nos funcione dicha práctica, no quiere decir que la representación que la acompaña sea su explicación. Nuestra condición de humanos, de sujetos hablantes, nos ha distanciado de tal posibilidad, lo cual no es negativo, sino singular. Y dicha singularidad da lugar no sólo a la representación (experticia, doxa) y a la descripción-comprensión (saber disciplinar) que pueda hacer la ciencia, sino también a otras dimensiones, como son el arte y la religión (sólo para poner un par de ejemplos) en las que la descripción y la comprensión pasan a un segundo plano.

Dada la inevitabilidad de la representación, la modalidad de práctica social que pretende dar cuenta —en la medida de lo posible, de lo disponible— de cómo son las cosas, lo primero contra lo que tiene que luchar es contra las representaciones que anteceden sobre el objeto de que se trate. Por decirlo así, la ciencia no describe la realidad, sino que objeta una representación anterior. Tanto la representación como el intento de la descripción-explicación se hacen desde posturas específicas que no se instalan ni se mueven por declaraciones metodológicas o de buena voluntad, sino por historias muy complejas.


Objeto abstracto-formal

Es aquel que la teoría construye. No antecede a la teoría (como el objeto representado), pues está hecho de categorías, de enunciados posibles a partir de la manera de usar esas categorías. Tiene que ver más con la posibilidad (hipótesis) y la probabilidad (predicciones) que con la descripción de la realidad (constataciones), aunque por supuesto puede decir mucho acerca de la llamada realidad: no hay nada más práctico que una buena teoría. La formalización, la reducción algorítmica que —como decíamos en la entrega pasada— tiende a eliminar el sentido, se orienta hacia un horizonte de generalidad, de ley, o sea en un sentido distinto al de la singularidad de la expresión fenoménica de la realidad. Como se ve, hay una apuesta en la ciencia: que a los fenómenos les subyace alguna forma de regularidad; eso no niega la particularidad, sino que le concibe un ámbito formal de realización. Por eso se puede referir a lo más singular, con mayor precisión que quien pretende hacer lo mismo, pero con la creencia de que hablar de lo universal atenta contra la singularidad.

Cuando se dice que el aumento de presión produce un aumento de temperatura, no se está haciendo referencia a ningún acontecimiento efectivamente existente, actual o pasado, sino a una ley que pretende tener validez universal y que explica fenómenos ocurridos, fenómenos actuales, pero también fenómenos que todavía no han tenido lugar (por eso podemos saber que sólo dentro de 30 años será visible en nuestro país un eclipse de luna como el que ocurrió recientemente; por eso podemos saber de los eclipses ocurridos antes de que hubiera hombres para verlos); incluso permite hacer extrapolaciones para condiciones materiales desconocidas, como en el caso de esos instrumentos de altas energías llamados “aceleradores de partículas”, que hicieron posible producir las condiciones necesarias para materializar partículas predichas por la teoría, cuando tales dispositivos no existían y eran impensables.

Por estas razones, la ciencia no sólo puede prever, sino que incluso puede crear la materialidad a partir de la formalización. Si la ciencia sólo describiera lo que hay, no habría sido posible sintetizar elementos que no existen en la naturaleza, que no pueden ser producidos por el mecanismo que, en el cosmos, produce elementos: la gravedad. Es la formalización —expresada, por ejemplo, en la tabla periódica— la que ha hecho posible dicha síntesis. Así mismo, se ha previsto la existencia de partículas subatómicas a partir del lenguaje matemático y después —a veces mucho después— se ha conseguido el poder experimental para producir dichas partículas; ojo: no se trata de “descubrir”, pues a esa escala no se trata de detección, sino de producción.

El objeto abstracto-formal no coincide con ninguna “cosa” del mundo. Las cosas del mundo no están configuradas a la manera de las delimitaciones que hace la ciencia. En el mundo, por decirlo así, las cosas están mezcladas. Así, todo lo que podemos relacionar con la comunicación y el lenguaje no es objeto de la lingüística. Ésta delimita su objeto de otra manera a como están conformados los fenómenos. Por eso, no hay que confundir los fenómenos con los objetos abstracto-formales de la ciencia.


Objeto concreto-real

Es un objeto que se puede postular a partir de la conceptualización del pensamiento científico. Se trataría de algo así como la “realidad subyacente”… subyacente a la manera como nosotros la percibimos a partir de la experiencia y a partir de los referentes que circulan en lo social, de acuerdo con las esferas de la praxis en las que participamos. Así, podríamos decir que el agua “natural” (la que se obtiene en un manantial, por ejemplo) es una mezcla de muchos minerales, entre los cuales hay un compuesto de hidrógeno y oxígeno, bajo ciertas condiciones de presión y temperatura. El agua que percibimos no es la misma agua de la química.

Es cierto que los objetos concreto-reales contienen diversas especificidades. Así, la <educación> es un fenómeno social en el que convergen muchísimas cosas. Es una mezcla. Por eso, cuando la sociología va a investigar la educación, selecciona de esa mezcla lo que es sociológicamente pertinente (tomamos la expresión de la delimitación que hace Chomsky de la lingüística: lo que a esa ciencia le interesa es sólo lo gramaticalmente pertinente, no todo aquello que podamos relacionar con el lenguaje). Cuando la historia va a investigar la educación, selecciona de esa mezcla lo que es históricamente pertinente, y así sucesivamente. Eso quiere decir que muchas disciplinas acuden en tanto pueden recortar en el objeto <educación> sus objetos abstractos-formales. O sea, nada que ver con la idea de “interdisciplinariedad”, ni con la idea de que es un objeto especial que requiere esa concurrencia de disciplinas. Podríamos decir que todo objeto concreto-real se presta para la concurrencia de más de una disciplina. Lo común a las disciplinas concurrentes es el objeto concreto-real (que es una mezcla), pero las diferencia el hecho de que cada una tiene su objeto abstracto-formal. Ahora bien, como es eso lo que las constituye, pues no lo van a deponer de cara al objeto concreto-real, pues justamente delante de él (y contra el objeto representado) fue que se constituyeron como ciencias.

Justamente estamos diciendo “concurrencia” para expresar que si todas se ocupan —de alguna manera— de ese objeto concreto-real, pues no se trata del mismo estudio, se trata de estudios diferentes. Se trata del mismo objeto concreto-real, pero de diversos objetos abstracto-formales. Si nos regimos por el objeto concreto-real, tendríamos que estar promulgando la interdisciplinariedad a propósito de todo fenómeno estudiado. Pero, si así fuera, no habría objetos abstracto-formales. Ahora bien, ¿por qué serían distintos los objetos abstracto-formales? Pues, como hemos dicho, porque están constituidos no de cara a las cosas, sino a la consistencia interna de su gramática: a sus axiomas, a sus principios, a sus reglas de juego, a sus delimitaciones metodológicas. Se trata de decisiones que excluyen otras decisiones. Cuando se trata de la misma disciplina, es una pugna por establecer las reglas del juego, pero cuando se trata de disciplinas distintas, se trata de juegos distintos. La interdisciplinariedad es como querer jugar fútbol con raquetas. Ya no sería ni una cosa ni otra. Distinto es aceptar las reglas y pugnar en su seno por ganar la partida.

Las decisiones que toman la psicología y el psicoanálisis, por ejemplo, son distintas y eso hace que, en tanto disciplinas, no puedan jugar: no manejan las mismas  reglas, no manejan los mismos conceptos, no definen las “cosas” de la misma manera. Pongamos un ejemplo: la psicología habla de sujeto, en tanto portador de una historia, de unos atributos, de unas representaciones; el psicoanálisis, en cambio, habla del sujeto como falta-de-ser... es decir: todo lo contrario. ¿Cómo podría hacerse “interdisciplina” en este caso en el que incluso los nombres de las disciplinas están emparentados? El punto de vista crea el objeto (decía Ferdinand de Saussure), de manera que a escala de las cosas están hablando de la misma “persona”, del mismo “individuo”; pero, a escala de las teorías, están hablando de dos asuntos completamente distintos. Por eso, el tratamiento psicológico nada tiene que ver con el tratamiento psicoanalítico. La idea de idéntico objeto se hace desde la sensibilidad, mientras que los objetos de investigación de las ciencias se hacen desde la inteligibilidad.

Pensemos ahora en otro asunto: para dominar una teoría se necesita dedicarle una vida entera. Se trata de una decisión que el sujeto toma: es él quien dice que quiere estudiar matemáticas, historia, sociología, filosofía... Cada una de estas opciones implica una cantidad de trabajo enorme. Por supuesto que alguien podría dominar dos disciplinas, lo cual ya sería absolutamente excepcional. Ahora bien, en este panorama, cuando hablamos de “interdisciplinariedad”, ¿estamos diciendo que le hemos dedicado la vida a estudiar rigurosamente varias disciplinas? ¿No será más bien —como vemos con frecuencia en la llamada “investigación educativa”— que se trata de evadir el estudio de una y otra disciplina?, ¿y que se postula ese supuesto campo políticamente correcto de la “interdisciplinariedad” para no tener que estudiar algo seriamente? Desde antes de inventarse la Internet —nos decía Joliot—, ya era casi imposible cubrir lo producido en un campo del saber. Ahora pensemos lo que significaría cubrir dos campos de saber...

Ahora bien, desde el comienzo hemos reconocido que hay situaciones, problemas... en los que concurren diversos especialistas. Eso no sólo es común, sino que es interesante y, en muchos casos, aconsejable. Pero que haya una mesa de expertos de distintas disciplinas no quiere decir que se haya constituido un campo común. Lo común es el problema y cada uno lo mirará desde su perspectiva y dirá qué piensa sobre el asunto. En un ámbito que no es el de la ciencia, podrá incluso “negociar”: aceptar que se diga o que se haga determinada cosa, en función de la correlación de fuerzas, no en función de la aplicabilidad de sus conceptos. Cuando tenemos un médico, un abogado, un administrador de empresas y un psicólogo, podemos tener las condiciones para responder a cierta demanda hecha a la clínica, o para resolver si se hace o no una cirugía estética... pero, en ningún caso, tenemos interdisciplinariedad. De ahí nadie va a salir a hacer las cosas de otra manera en su campo.


Cuando en educación juntamos al psicopedagogo, al historiador, al sociólogo, al directivo docente... podemos tener las condiciones para intentar resolver un asunto de matoneo o de drogadicción en la escuela, pero no tenemos un nuevo campo ni una interdisciplina.