Hoy en día se les solicita a los estudiantes evaluar a
los profesores; se les pregunta qué quieren aprender —o, incluso, qué quieren hacer—;
se les indaga a los padres si creen que la educación obedece a sus expectativas;
se hace investigación encuestando a los que intervienen en la educación.
Hablaremos
particularmente de este último caso y, para abreviar, diré: ‘agentes educativos’.
Ahora bien ¿se puede comprender el ámbito educativo recurriendo a las palabras
de los agentes educativos? En varias de las disciplinas que tratan asuntos
sociales no se requiere suscitar mayormente la palabra de los usuarios para
comprender y, si lo hacen, no es para darle rienda suelta, o para suponer que
la palabra expresa lo que se busca (y hacer los promedios respectivos).
Claro
que si se busca “empoderar” a las personas, ese acto legítimo es político y no
va dirigido a comprender (aunque pretenda ser la aplicación de cierta
comprensión previa).
En
economía, por ejemplo, no se les pide a las personas pronunciarse sobre sus
prácticas económicas, pues es esperable que, en la mayoría de los casos, estén
atadas al fetiche de la mercancía, representación que es un obstáculo
para entender el proceso económico, aunque garantiza su reproducción.
Cuando
el médico pregunta “¿dónde le duele?”, quien responde tiene certeza (¿quién
más, sino él, sabe dónde le duele?), pero el médico puede saber que ese dolor
en realidad no está originado en ese sitio; el llamado dolor reflejo
tiene su causa en una lesión distante de la zona que parece doler. De manera
que el médico toma la declaración “con pinzas”, no la cree literalmente, pues
él tiene un saber sobre el cuerpo que le permite darle un lugar a la percepción
del paciente, más allá de que éste pueda jurar que le duele “ahí”.
Así,
se pueden solicitar las declaraciones de los agentes educativos: o bien creyendo
que son denotativas, deícticas; o con un marco conceptual que les dé una forma
y un lugar. Si buscamos en el primer sentido, estamos suponiendo una
transparencia de la palabra que, paradójicamente, eliminaría las ciencias; y ya
vimos, en la charla anterior, que los seres hablantes tenemos una distancia
indefectible con la realidad y que, por eso, creamos la ciencia.
Verdad y verosimilitud
El
tema nos pone en contacto con la antigua disputa verdad/verosimilitud. Recordemos
que Platón acusaba a los sofistas de elaborar discursos verosímiles, sin
importarles si eran o no verdaderos. Y Aristóteles lo sigue en ese punto, al
indicar que una refutación es sofística cuando parece verdadera, pero no lo es realmente. Esto presupone que, para
los dos filósofos griegos, la verdad no necesita ser verosímil (ojo con
lo “políticamente correcto”). De ahí que Platón [Gorgias]
haga una comparación con la comida: con el fin de curarnos, el médico nos da a
ingerir sustancias de sabores desagradables, mientras que el experto en cocina
halaga nuestro paladar, aún al costo de dañar nuestra salud.
O
sea: no todo lo que nos gusta nos hace bien y no todo lo que nos disgusta nos
hace mal. De modo comparable, los sofistas halagarían a sus destinatarios,
buscarían su adhesión, así tengan que sacrificar la verdad; mientras que el
filósofo busca que el sujeto encuentre el camino de la verdad, pero, en pos de
su empeño, el filósofo enfrenta la resistencia del sujeto mismo que se aferra a
sus creencias (Teeteto: hallazgo de
la verdad = parto doloroso); o sea: no todas las ideas que no están de acuerdo
con nuestras creencias son verdaderas, ni son falsas todas las que se les
oponen.
Cuando
en educación le damos pábulo a la opinión y hacemos dejación del saber, no
estamos formando… y queda consolidado el “políticamente correcto” ámbito llamado
“diálogo de saberes” que, no obstante, es muy etéreo; se puede dialogar, por supuesto, pero la
formación no se limita al diálogo, ni a cualquier diálogo.
Cuando
se considera como verdadero un enunciado, en realidad se está materializando un
estado de una discusión, pues siempre hay otros
hablantes, en diversos contextos, delante de los cuales se pretende la
verdad y, por lo tanto, ellos proveen las posibilidades, tanto de hacer
enunciados, como de valorarlos en función de tales posibilidades. (En lugar de
‘verdad’ podríamos decir ‘veracidad’, pero eso sólo remozaría los problemas
surgidos por la utilización de la palabra ‘verdad’.)
No
basta con dirimir la verdad ante un referente absoluto, como parece ser en un
sistema axiomático, como las matemáticas.
Los
matemáticos descubrieron, en el siglo xix,
la baja forma en que estaba la lógica de su disciplina y durante esa centuria
trataron de darle más rigor; sin embargo, antes de llegar al éxito esperado,
descubrieron contradicciones también en las matemáticas reconstruidas. Cuatro
escuelas emprendieron la enmienda de las paradojas, con la esperanza de
confluir en una unificación que, además, cerrara el camino a nuevas
contradicciones... pero esto sólo fue el comienzo de nuevas complicaciones y de
diversas facciones [Kline].
Y
pretender dirimir la verdad con base en una “verdad revelada”, blindada a la
discusión, necesita a su vez un sistema complejo de producción de enunciados,
en el marco de una estructura de prácticas políticas y rituales. ¿Debemos,
entonces, volvernos relativistas? No, pues los asertos de verdad —vimos 3 en la
charla anterior— tienen gran utilidad durante su vigencia, que puede ser de
siglos (cfr. geometría). Además, lo venidero no siempre sepulta lo anterior,
sino que suele reintegrarlo [Bachelard].
Entonces,
si en los discursos concurren verdad y verosimilitud, tenemos cuatro
posibilidades:
|
|
|
Verdad |
|
|
|
|
+ |
– |
|
Verosimilitud |
+ |
Recontextualización |
Sofisma |
|
– |
Formalización |
Delirio |
|
|
Recontextualización [+Verdad +Verosimilitud] |
|
|
+Verdad |
Alude a lo
que juzga como verdadero en el campo de producción simbólica y, por eso, lo
elige para su trabajo (educación, p.ej.). |
|
+Verosimilitud |
Consenso:
que todos entiendan, estén de acuerdo, obren de manera similar, estén
informados, etc. Por eso hay que “verosimilizar” las verdades del campo de
saber, pues en sí mismas no serían verosímiles. |
|
Acción |
Hacer
saber, a través de la comunicación. |
|
Tiempo |
Ajustar
los enunciados a la relación con el otro (isocronía), mientras la gramática a
enseñar es pancrónica. |
|
Registro |
Entre el
simbólico (el del saber a recontextualizar, el de la gramática a conquistar
por otro) y el imaginario (atraer al otro, p.ej. con imágenes). |
|
El otro |
Un Otro de
lo simbólico, referente más allá de los hablantes; y un otro de lo
imaginario, a quien se dirige el discurso. |
|
Sentido |
Crea un
sistema de producción/interpretación de sentido (“las lecturas tienen que tener
sentido para el niño”). |
|
Convencimiento |
Propósito
de dar verosimilitud a la verdad, y ante otros. |
|
Relación con el campo |
Concita
varios campos y ámbitos de producción discursiva no especializada (educación:
concita productos de los campos, en proporciones y jerarquías distintas;
además, también hace circular la doxa). |
|
Ejemplo |
La escuela:
pone el saber a disposición de quienes no pertenecen al campo. «Enseñar todo
a todos», dice Comenio. |
|
Formalización [+Verdad –Verosimilitud] |
|
|
+Verdad |
Es
lo que se empeña en producir. Acuerdos de la ciencia: ▪ entre pocos
(noticiero vs. Luhmann). «El conocimiento se fragmenta en especializaciones,
conservadas por códigos técnicos que se alejan más de la capacidad del hombre
común [Steiner]; ▪ se pueden deshacer en cualquier momento; y ▪ se expresan
en modo condicional, lo que deja expuestas sus condiciones de validez: no son
esotéricos, no son inefables, ni dependen de revelación o adhesión alguna. El
acuerdo —tentativo— no es relativo en su presente. |
|
–Verosimilitud |
Su
enunciado no es verosímil (la vulgata ya es
recontextualización),
surge contra la evidencia empírica, la creencia y la autorepresentación. Hay
que cambiar de postura y ponerse a su altura para entenderla; su verdad no
proviene del consenso o de la mayoría. Para el consenso hay que estar a la
altura del público (decir lo que quiere oír); en cambio, el algoritmo se hace
a merced de la disputa [Bourdieu].
En el campo de saber, ‘consenso’ es la ausencia de discusión. |
|
Acción |
Polémica:
saber. Se realiza a través de un código especializado (tecnolecto). |
|
Tiempo |
Pancronía,
pues sus asertos subordinan el tiempo histórico (diacrónico): se vuelve sobre
puntos pasados; y sólo más adelante habrá un público para el hallazgo actual.
Entre teorema y resolución puede haber un siglo, pero no es tiempo
transcurrido en la lógica del campo. |
|
Registro |
Simbólico.
La Formalización es un enunciado hecho sólo de letras sin sentido. |
|
El
otro |
Un
Otro de lo simbólico que trasciende el vínculo entre semejantes. Los rasgos
imaginarios están excluidos. No se está como sujeto (la operación lo
excluye), sino como fuerza vital al servicio de la gramática (por elección de
satisfacción). |
|
Sentido |
No
da lugar al sentido, va en su detrimento. Señala relaciones lógicas entre
elementos vacíos de contenido, trascendiendo interpretaciones históricas,
contextuales o idiosincráticas: sólo aglutina las relaciones, no es «por
referencia a un objeto, a una experiencia o a una imagen de la intuición»
[Bachelard]. «No podemos deducir el sentido
del mundo a partir de los resultados de la investigación del mundo» [Weber]. El
sentido excede la especificidad del saber. |
|
Convencimiento |
La
Formalización sólo atrae hacia sí certidumbre (no ‘certeza’)
dialectizable por otros que manejan las reglas de composición. |
|
Relación
con el campo |
Campo
del saber. |
|
Delirio [–Verdad –Verosimilitud] |
|
|
–Verdad |
No apela a la verdad posible de un campo, donde unos pares
vigilan. No tiene polo a tierra. |
|
–Verosimilitud |
No quiere parecer verosímil (“loco” a los oídos de los
demás). Es impenetrable, indialectizable [Lacan]; no va dirigido a otros. Peor
para los demás si no entienden o no comparten sus enunciados. |
|
Acción |
Terapéutica: curarse. |
|
Tiempo |
Anacronía: no se debe a ninguna tradición y, aunque apunta
al futuro de su estabilidad. Algunos elementos anecdóticos son presentes,
aunque la determinación formal es ajena a tales elementos. |
|
Registro |
Real: una enunciación impuesta (“desde afuera”), pues un
desborde pulsional arrasó con atribución de la palabra (todos oímos voces,
pero…). |
|
El
otro |
El sujeto está desbordado por su pulsión, al punto de
perder el vínculo con el Otro de lo simbólico, que lo desborda, y con el otro
semejante, con quien no hace lazo. |
|
Sentido |
No es susceptible de ser entendido (Polonio no entiende,
pero ve que a la locura de Hamlet le subyace un sistema); al “darle sentido” se
atribuya al delirio una aspiración de vínculo (que no tiene), y se corre el
riesgo de ponerse al mismo nivel de las mortificaciones “externas”. |
|
Convencimiento |
Objeto de una certeza radical. |
|
Relación
con el campo |
En tanto idiolecto, es contrario a la idea de campo: no
requiere la presencia de otros ante los cuales pretender enunciar la verdad. |
|
Ejemplo |
Johann Bode (siglo xviii,
Academia de Ciencias de Berlín y director del observatorio), elevó una
curiosidad al estatuto de ley: una fórmula arbitraria que parecía determinar
los valores aproximados de las distancias entre el Sol y los planetas (en
unidades astronómicas). Pero, las aproximaciones eran de millones de
kilómetros, y a partir del descubrimiento de Neptuno, todo se vino abajo. Además,
el número de planetas sería infinito. Tosca coincidencia elevada, por mor del
delirio, al estatuto de ley. |
|
Sofisma
[–Verdad +Verosimilitud] |
|
|
–Verdad |
El
propósito persuasivo hace prescindible la verdad. |
|
+Verosimilitud |
Al emisor
busca los recursos necesarios para que el enunciado parezca cierto. Busca el
consenso, pero sin alusión a la verdad. |
|
Acción |
Persuasiva:
seducir. Se realiza a través de un código compartido. |
|
Tiempo |
Isocronía
con en el tiempo de aquel a quien se busca persuadir. |
|
Registro |
Imaginario,
pues apela a la intersubjetividad, de semejante a semejante. Por eso recurre
con frecuencia a la imagen. |
|
Otro |
El
semejante. Por eso, el registro es el imaginario. Este vínculo no funciona
con base en la Ley, sino en el contrato. |
|
Sentido |
Cuenta con
el existente. No crea nuevas matrices de producción de sentido. El sentido
queda subordinado a la relación con el otro. Como cuando se les da la razón
(o se autoriza) a los agentes educativos, sencillamente porque lo son, digan
lo que digan (que puede ser inconsistente, insuficiente, sin pretensión de
universalidad, contradictorio). |
|
Convencimiento |
Está del
lado de la creencia, pero subordinado a la relación, pues ésta puede cambiar
los referentes, los temas, la aparente convicción. |
|
Relación con el campo |
Es el
producto de los campos político y literario. También tributa a vínculos que
no requieren enunciados especializados [Bajtín]. |
|
Ejemplo |
Aquí
‘sofisma’ no es despectivo, pues ahí entra la mayoría de las modalidades
discursivas. La mentira, por ejemplo, va contra la verdad, pero debe parecer
verdadera: «No es necesario que un príncipe posea todas las cualidades [...],
pero es muy necesario que parezca poseerlas» [Maquiavelo]. Son distantes
promesa de campaña y condiciones de posibilidad. Por su parte, la literatura
establece, de forma convencional, las condiciones propias de producción de
historias que rompen con el espacio y con el tiempo; y se esfuerza por ser
verosímil, por hacer lazo social. |
Ahora
bien, también podemos proponer verdad y verosimilitud como ejes de un plano
cartesiano; así obtenemos grados: de
recontextualización, de formalización, de delirio, de sofisma.
En el
gráfico se visualiza
-
un
valor positivo de la verdad en la formalización, que decrece hasta los valores
negativos (no en sentido moral) del delirio.
-
Y,
por el otro lado, vemos la gama de recontextualizaciones escolares, que van
desde la mayor consistencia posible con la Formalización, hasta la ausencia de
relación con la verdad, como cuando un profesor pasa, de recontextualizar, a
hacer sofismas (por ejemplo, en los intentos de persuasión moral o política):
no hay saldo de saber para sus alumnos, pero sí se despliega un discurso que
los satisface, en tanto público (clientes); piénsese, por ejemplo, en las
clases cada vez más pobladas de presentaciones gráficas, facilitadas por los
programas de computador y las técnicas de proyección… ¿qué capturan realmente
esos procedimientos?, ¿a qué dimensión del alumno apunta?
Con esta
pequeña teoría sobre la palabra, en la que los enunciados tienen componentes de
verdad y de verosimilitud, se puede saber algo sobre la palabra de los agentes
educativos… no todo, pero tampoco cualquier cosa. Saquemos algunas conclusiones
parciales que señalan un marco de posibilidades para ubicar esas palabras,
dependiendo de su especificidad y de la dotación conceptual con que se intenten
aprehender:
· Si las modalidades discursivas tienen
unas determinaciones estructurales, no dependen de la buena voluntad, ni del
buen propósito de quien busca cambiar las modalidades discursivas que encuentra
(asunto imposible, si desconoce las condiciones de posibilidad de tales
modalidades discursivas) o que se identifica con ellas.
· Cuando se carece de propósito
cognitivo, se tiene un supuesto acerca de la palabra de los agentes educativos;
en consecuencia, se “encuentra” la confirmación de las creencias. Cuando se habla
de saber “pedagógico”, “ancestral”, “popular”, “local”… sin conocer sus valores
correlativos de verdad y de verosimilitud, en realidad no se intenta
comprender, sino materializar un ideal.
· Si las condiciones de producción de
enunciados se comparten pasivamente y no se conocen, difícilmente se pueden
tensionar, producir efectos formativos. Además, si exaltamos tales palabras sin
entender su génesis, cohonestamos con las prácticas a las que sirven tales palabras
(ejemplo: perpetuar la dominación, a nombre de la liberación). Si, en cambio,
buscamos conocer las condiciones de producción de enunciados, podemos tensionar,
tanto la palabra de los agentes educativos (si buscamos efectos formativos), como
las prácticas a las que tributan sus enunciados; y, de otro lado, podemos tensionar
las categorías mismas, puestas a prueba por la investigación.
· Las ideas de asignar o encontrar
sentido o de re-significar, que escuchamos todo el tiempo en el entorno educativo,
aunque lucen insuficientes desde la perspectiva hasta ahora descrita (pues cada
tipo discursivo tiene una relación específica con el sentido), y sólo podrían
inscribirse en las que producen sentido: la recontextualización o el sofisma.
· Las 4 formas discursivas propuestas son
discontinuas: no podemos acumular cierto tipo de discurso para pasar a otro. Ejemplo:
no se puede sumar sofismas para obtener recontextualización; o cualificar la
recontextualización para tener formalización; etc. Con todo, esto no impide que
el sujeto modifique la postura que lo lleva a producir en cierta dirección. Es
el caso del efecto formativo en la escuela: ella recontextualiza, sí, pero su
logro es que el sujeto asuma la posición que lo ponga en camino de formalizar.
· En tanto especificidades, las 4 modalidades
discursivas propuestas pueden aparecer mezcladas en los enunciados concretos,
en proporciones y jerarquías a establecer en cada caso.
La palabra del otro
Buscando
una teoría para entender, encontramos la problematización que Armando Sercovich
[1977] hace a la idea de “persuasión”, que es usual en el análisis de la
comunicación, y que para él resulta teóricamente débil, con antecedentes
conductistas y con resistencias a una teoría rigurosa de la subjetividad. Aquí retomamos
esa sugerencia teórica, con el fin de pensar el lugar de las palabras de los
agentes educativos y el sentido de la pretensión de entender la educación, gracias
a ellas. Para Sercovich, los sentidos socialmente operantes preforman la
“realidad” para el sujeto. Un discurso no es más convincente que otro por
describir mejor los referentes empíricos, sino por poner en contacto dos
mundos: campos semánticos y estructuras subjetivas, los cuales tienen
relaciones con discursos previos.
Y
esas estructuras subjetivas no son principalmente conscientes, sino, sobre
todo, inconscientes. Entonces, ¿cómo asumir las palabras los
agentes educativos?: dicen,
a escala consciente, asuntos que han requerido una tramitación inconsciente que
desconocen. No en vano, Zuleta sostenía que la ideología es refractaria a la
experiencia. Con ayuda de Sercovich intentaremos comprender la posición del auditor
en el proceso comunicativo.
Para
el semiólogo argentino, la idea de un “estímulo” verbal y de una “respuesta” de
parte del interlocutor es deudora de las teorías más precarias sobre los
procesos psicológicos (y, sin embargo, utilizadas en educación). Bastaría con
retomar el debate que le hace Chomsky a Skinner para partir de una base más
compleja, con más posibilidades explicativas. En pos de remozar las débiles
explicaciones conductistas, la teoría sobre la comunicación agrega, a las
nociones de ‘estímulo’ y de ‘respuesta’, las ideas de ‘carisma’ (para el
enunciador) y de ‘actitud’ (para el enunciatario). El hablante con ‘carisma’ gana
la adhesión del público; y el oyente con ‘actitud’ tiene disposición para ser
persuadido.
Faltan:
-
la
génesis de la actitud y del carisma;
-
las
razones por las cuales hay diferentes actitudes en los oyentes e, incluso, en
uno solo, en distintos momentos;
-
por
qué unos tienen carisma y otros no.
Como
Tolomeo: agrega y agrega epiciclos para tapar los errores... pero el error de
base es la idea de epiciclo. Así, agregar que la actitud del sujeto es, a su
vez, un efecto de estímulos anteriores no deshace la idea de estímulo, que es etológica,
pero ajena al sujeto.
Ya
los filósofos en el siglo xvii
veían las diferencias entre un organismo predecible (los estímulos posibles se
corresponden con un repertorio de respuestas automáticas) y el hombre que,
igualmente constituido que los animales, no obstante no produce respuestas
predecibles [Chomsky]. Entonces, no es explicable mediante el modelo
estímulo-respuesta. De ahí que, en la psicología gestaltista se hable de
‘disonancia cognitiva’ y de ‘modificación controlada del comportamiento’. Hay
algo en el sujeto que a veces lo hace
obrar en contradicción con sus convicciones explicitables; posee una diversidad
de intereses cuyas relaciones y jerarquías no se entienden fácilmente.
No
se puede entender lo que se hace con la palabra de los agentes educativos (el
docente con las palabras del estudiante; el investigador con las del docente,
etc.) con hipótesis conductistas (que
entienden el lenguaje como un estímulo) o, incluso, de modo que podríamos considerar conductista, como cuando se
realizan talleres (estímulo) para que los agentes educativos “estén en
capacidad de” hacer lo que queremos (respuesta). Pero ¿acaso las posiciones de
la comunidad educativa no se construyen a lo largo de una larga historia?
Más
que a la comprensión, las teorías en mención han estado más ligadas a los
estudios de mercado y de eficacia de los procesos comunicativos (por ejemplo,
asesores de campañas políticas). Y si tomamos el texto y/o el sujeto como
inefables o inaccesibles a la comprensión, considerando que son ‘cualitativos’
(argumento recurrente en educación) o espirituales… se aleja la comprensión del
proceso educativo y prosperan otras posturas como la recontextualización o el
sofisma (legítimas en su contexto, aunque no buscan la comprensión). Prosperan,
por ejemplo, las posturas que hablan de “representación” (aprehensión
intencional de algo con la mente), de “sentido” (entendido moralmente) o de
“imaginarios” (ideas indeterminadas que se divulgan y son tomadas por el
público)… Terminología dominante en el marco de la comunicación, la educación y
la “investigación educativa”.
Tal
escenario reduce la estructura subjetiva a lo consciente, error cuya objeción
constituye el punto de partida del psicoanálisis; según Habermas, los problemas
que se le plantean a una comprensión de lo social «no pueden solucionarse en el
marco de una teoría de la conciencia, sino que exigen pasar a una teoría de la
comunicación lingüística», la cual funcionaría, en consecuencia, más allá de la
conciencia.
Por
todo esto, Sercovich señala la necesidad de una concepción para la que
1. el lenguaje no sea meramente una expresión
del pensamiento, o un medio de comunicación social y
2. la subjetividad no sea el “espíritu
inefable”, la cualidad intocable por la explicación, sino una estructura
comprensible hasta su dimensión inconsciente.
Sólo así
podríamos explicar la relación entre dos estructuras objetivas: la del discurso
y la del aparato psíquico [Sercovich]; y sólo de esa manera podríamos tener un
marco para entender la decisión de aquel que intenta entender la educación por
la vía de la palabra de los agentes educativos. La reticencia a concebir algo
más sobre la estructura subjetiva proviene de cierta resistencia a ser
conmovido del lugar que se ocupa [Freud]. Se prefiere la idea mecanicista del
estímulo-respuesta, ajena a la condición humana, que una idea que permita
diferenciar saberes en función de la estructura subjetiva; por ejemplo:
·
Una saber que no se sabe (el instinto), que no hay modo de saberlo, y que no hay
razón para saberlo. Poco tiene que ver con lo humano.
·
Un saber que se sabe, para discurrir sobre comprensión o incomprensión, de las que el sujeto
puede testimoniar frente a la palabra del otro o al texto; es el ámbito de la
reflexión y la racionalización.
·
Un saber del que no se quiere saber: el inconsciente; de él solemos tener noticia, a
condición de denegarlo [Freud], o a condición de modificar nuestro lugar…
Pese
a que la vida anímica es en sí inconsciente [Freud], de eso poco quieren saber
ciertas teorías de la comunicación, de la educación, de la investigación; pero
nos ayudaría a pensar que entender los enunciados no es sólo una operación de
la inteligencia, sino más bien una transacción
psíquica; no es una habilidad enseñable, sino más bien una posibilidad del
sujeto, en función de su modalidad de satisfacción. Lo consciente adviene como
uno de los efectos posibles del funcionamiento del inconsciente; la angustia,
por ejemplo, es otro de los efectos posibles y nadie predicaría de ella la
reflexión, la racionalización o la voluntad. Si hacemos debutar la estructura
subjetiva (pulsión y deseo), lo consciente es apenas la punta del iceberg. Es
lo que exige Sercovich para poder entender cabalmente la comunicación.
Sin
estos referentes, nos quedamos con lo consciente y, por eso, se habla de
‘representación’, de ‘imaginarios’. En cambio, con tales referentes, cobra
relevancia volver a hacer una reflexión compleja sobre ideas como ‘formación’,
‘capacitación’, ‘aprendizaje’, ‘enseñanza’… todas relativas a la esfera
educativa, y otras que se agregan desde las modalidades actuales de la
educación y de la llamada investigación educativa, tales como ‘pensamiento
crítico’, ‘diálogo de saberes’, etc.
Todas
estas ideas tienen que ver con asuntos como comprender un enunciado, adherir a
un discurso, obrar en consecuencia con una idea, asumir cierta postura frente a
los enunciados venidos de cierta fuente, etc.
|
|
±Comprender |
|
Qué |
Efectos lógicos
de la cadena significante, aceptables por la esfera de la praxis en la que se
juega la legitimidad del enunciado. |
|
Explicación |
Como el enunciado se inscribe en un contexto, la
comprensión no aplica a todos los efectos de significación posibles, sino al
margen está definido por la esfera de la praxis en la que se inscribe, en la
que el sentido está en pugna. Hay tantas comprensiones como contextos
en los que se inscriba el enunciado. ±Comprender es un
juicio de adecuación, según el acto de significación en juego y según su
ubicación social, que lo provee de unas tipologías sociales. |
|
Estado del sujeto |
Consciente, aunque no pueda dar cuenta —pues no es
necesario— de las restricciones contextuales ni de los procesos psíquicos involucrados
(como los demás): una
incomprensión puede traducir el hecho de que el sujeto “no quiera”
comprender, que estructuralmente no pueda, que lograrlo le traiga displacer,
etc. |
|
Opera |
Una racionalización, aplicada a la cadena significante (puesta en juego de los
significantes entre sí); el sujeto
se diferencia del semejante y entra en relación con la gramática del texto,
con sus referentes de validez. Hay que aprender a operar en este sentido,
pues la “interpretación espontánea” no tiende a referirse a los registros
verbales, a su estructura formal. De todas maneras, la comprensión es
un efecto: hay una historia detrás de la comprensión del más elemental de los
enunciados. En la comprensión es fácil percibir las deferencias y
asignarlas a recorridos distintos, a las diferentes lecturas que dependen de
la esfera de la praxis |
|
Acto |
Locutivo: se
opera sobre el material significante. |
|
Relación |
Significante -
significante (formal) |
|
Efecto subjetivo |
Diferenciarse. El
sujeto se diferencia del semejante, pues la palabra ha sido para el sujeto un
atributo del otro y, en tal sentido, es parte de lo que incita su pugna
imaginaria. |
|
|
±Aceptar |
|
Qué |
Elementos de un
conjunto sobre el que se decide si conviene o no incorporarlos, de acuerdo
con la manera como el sujeto organizó su universo. |
|
Explicación |
El psiquismo
humano produce la realidad (ésta no está dada) basado en dos decisiones, una
de las cuales considera si el objeto es o no susceptible de ser incorporado
[Freud]. No todo elemento es tomado para tal consideración (por lo cual
decimos que son elementos de un conjunto). En adelante, las decisiones quedan
marcadas con este sello, independientemente de la complejidad que tomen sus
objetos. |
|
Estado del sujeto |
Consciente,
aunque desconoce el mecanismo (inconsciente) que lo ha llevado a clasificar
los objetos de esa manera. |
|
Opera |
Una
decisión. De hecho, el sujeto puede ser interpelado sobre su responsabilidad
por la aceptación de un enunciado, y siempre puede explicar su aceptación,
aunque las razones le sean en gran medida inaccesibles: se compromete lo que
el sujeto percibe como cercano o no a sus creencias (o sea: el resultado de
un trámite inconsciente). Acá, ya no es tan fácil aceptar las diferencias. La aceptación
habla de las creencias, cuya génesis no podemos hacer, prueba de que no tiene
acceso al lugar donde eso se produce. No es argumentable como lo puede ser
una discrepancia sobre un pasaje del enunciado. |
|
Acto |
Ilocutivo:
suscitado al ser dicho aquello que causa acuerdo o desacuerdo. |
|
Relación |
Significante -
significado (representacional) |
|
Efecto subjetivo |
Identificarse. La
aceptación constituye una modalidad de identificación, de satisfacción yoica,
narcisista. El sujeto consciente, sin saber por qué, enjuicia el discurso de
cierto modo (aunque hay tipologías sociales). |
|
Ejemplo y cruce |
Se puede aceptar
un enunciado que no se entiende (la misa en latín, la jerga económica del
noticiero), o estar en desacuerdo con un enunciado que sí se entiende (por
ejemplo, entender el discurso incluyente, pero no poder estar de acuerdo con
reconocer ciertos derechos); de igual manera, se puede entender una
interpretación con la que mostramos nuestro desacuerdo y, sin embargo,
obramos en consecuencia con ella. |
|
|
±Adherir |
|
A qué |
A enunciados que
causarían placer o displacer aceptar como ±verdadero,
±verosímil, ±justo, ±bello, etc., según el universo del
sujeto. |
|
Explicación |
La otra decisión germinal del sujeto: clasificar los
objetos entre aquellos que le causan ±placer. La primera “forma” que aglutina
al sujeto es aquella que pone del lado “suyo” los objetos placenteros y del
lado de “lo otro” los objetos no-placenteros. Puede haber equivocaciones, que
cobran su cuota. También en este caso, todos los asuntos del sujeto quedarán
marcados por esta ubicación. |
|
Estado del sujeto |
Inconsciente. Se
juzga el enunciado en función de la satisfacción; para ello, se hace una
selección de algunos registros verbales que permiten orientar la adhesión (no
la cadena significante, sino el enunciado como un todo con marcas
distintivas). El enunciado no está ante el sujeto racional de la conciencia,
sino ante el sujeto del inconsciente; desde este lugar, se puede acicatear al
sujeto para que haga cosas que no haría “racionalmente” (saquear, matonear,
linchar). |
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Opera |
Una inclinación
inconsciente. No se asume como decisión sino como evidencia. El sujeto no
tiende a ponerse al frente de su juicio o a justificarse, sino que la
adhesión se le impone y, entonces, puede reaccionar reciamente ante la diferencia. La relación es
significante/pulsión: por eso la adhesión es inexplicable, inaccesible a la
conciencia (aunque el sujeto llene ese vacío con “explicaciones”, como las
post-hipnóticas). Los significantes se atraen y se repelen no por vínculos
racionales, sino pulsionales. Es la modalidad de satisfacción del sujeto la
que queda interpelada. Vínculos impredecibles atan a las palabras, en la
medida en que se prestan para transportar mociones pulsionales. |
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Acto |
Perlocutivo:
efecto del decir, no incorporado a la estructura formal del decir. |
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Relación |
Pulsional:
significante/pulsión |
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Efecto subjetivo |
Plegarse. El
sujeto se pliega a su pulsión. Puede presentarse una identificación cuando se
coincide en cierta modalidad de aceptación o de rechazo (y dar lugar a una
formación colectiva). |
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Ejemplo y cruce |
Puede haber
comprensión y aceptación, y, sin embargo, no haber adhesión. O lo contrario:
adhesión sin comprensión. Es el comportamiento típico de las masas: como se
cede la instancia crítica al líder, éste ―o lo que ocupe su lugar― puede
decir cualquier cosa, pues ya tiene garantizada la adhesión. Se puede
comprender una noticia, expresar desacuerdo con ella y, sin embargo, adherir
a ese discurso (por eso se repiten, una y otra vez, las escenas macabras ante
las que los televidentes del noticiero tienen que declararse horrorizados…
pero las ven una y otra vez). De ahí el reenvío de mensajes (sin verificar)
que suscitan indignación. |
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±Suscribir |
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Qué |
Aquello con lo
que está de ±acuerdo una instancia con la que se tiene transferencia. |
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Explicación |
Suscribir una
declaración porque hay cierto nombre (significante de una persona o de una
instancia social). Al ser transferencia, se urde inconscientemente. La
transferencia es el traspaso de un afecto [Freud] y, por lo tanto, un “error”
(pero constitutivo de lo humano): al destinatario no le correspondería tal
afecto, pero es la manera como el sujeto inventa un vínculo. Esto ocurre
entre estudiante y maestro, paciente y terapeuta, feligrés y oficiante… no es
necesariamente una relación colectiva (como en la adhesión), pues es de un
sujeto a otro. El sujeto se instala en una relación especial con otro que le
marca una senda para su deseo. |
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Estado del sujeto |
Inconsciente. Un
significante cualquiera del enunciado del otro basta para que el sujeto se
enganche. El sujeto del inconsciente entra en relación con el otro, a causa
de su relación con la satisfacción, no a causa propiamente de su discurso. Se
puede estar abonado o desabonado del otro, según cause o no satisfacción
legitimar o no el vínculo con él. |
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Opera |
Un vínculo
inconsciente. Las palabras bajo transferencia pueden tener efectos que no se
miden principalmente por comprensión, aceptación o adhesión. Es la eficacia simbólica,
gracias a que hay un componente de deseo en juego. Podríamos decir que
hacemos la transferencia al deseo del otro. Que el otro encarne una modalidad
de satisfacción, por ejemplo, es suficiente para que al menos un sujeto
encuentre una opción para su propia satisfacción (músicos hijos de padres
músicos). El maestro puede,
por ejemplo, usar la transferencia para hacer trabajar a una estudiante,
tarea facilitada por el hecho de que ella está, de alguna manera, involucrada
en la relación; o puede también usar esa transferencia para conquistarla. Si
un placebo funciona es por transferencia (componente psicológico activo). No hay nada
racional en la operación, aunque, de nuevo, el sujeto llene el hueco con
alguna justificación (y cuando se acaba la transferencia, el sujeto declara
conocer, ahora sí, al otro). |
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Acto |
Ilocutiva:
realizativo inconsciente. |
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Relación |
Significante
cualquiera (formal - pulsional) |
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Efecto subjetivo |
Instalarse. El
vínculo transferencial hace del otro una autoridad, para bien o para mal. |
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Ejemplo y cruce |
Podemos suscribir
un enunciado sin comprenderlo, sin mostrar acuerdo con él, incluso sin
adherir a él: como cuando un niño defiende a su padre en una discusión… por
ser su padre, no porque tenga razón. Al contrario, un creyente puede
comprender el sermón, mostrar acuerdo, adherir a él, pero no suscribirlo,
porque no le gusta el párroco que le tocó en suerte; si eleva una petición a
la jerarquía eclesiástica, no es contra los enunciados, sino contra la
persona del cura. |
Lista
provisional de lo que se puede hacer frente a las palabras de otro:
·
Mostrar acuerdo, como mecanismo de pertenencia a la
cultura en la que se profieren, y sin necesidad de comprender su relación con
la eficacia simbólica.
·
Defenderlas, como parte de la defensa de la
cultura a la que se pertenece, sin herramientas de comprensión (defensa
visceral) o con herramientas de comprensión (defensa razonada).
·
Simpatizar con ellas por razones “políticamente
correctas”, pero por fuera de su contexto y sin comprenderlo (lo cual no quiere
decir que no se lo represente, de algún modo, pero éste estará subordinado al
propósito). Esto permite, por ejemplo, elevarlas a la categoría de conocimiento
(donde todos tendrían el mismo “derecho” y habría que pasar al “diálogo de saberes”).
·
Utilizarlas, por fuera de la esfera de la praxis
correspondiente, para cierto beneficio (cultural, económico, partidista,
religioso, pedagógico, investigativo), haciendo uso —o no— de un saber
instrumental (es decir, extraído de una ciencia que no se necesita conocer).
·
Protegerlas como decisión política, a partir de
su comprensión y sin pertenecer a la cultura respectiva.
·
Rechazarlas (“irracionales”, p.ej.), a condición
de no ser parte de la cultura respectiva, de no entenderla, y de querer imponer
una posición política.
·
Describir su eficacia simbólica, a partir de
un arsenal teórico, asunto que no se hace desde la esfera ritual (aunque se
pertenezca a la cultura respectiva) y para lo cual se ejerce el curioso interés
de reducir el interés al máximo.
·
Ser
indiferente a ellas, por no
pertenecer a la cultura, por no querer entenderla y por no tener propósitos que
las involucren.
En
varias de estas modalidades se puede hablar que se comprende para:
defender lo propio; defender aquello que nos gustaría que fuera lo propio;
utilizarlo (por ejemplo, traer al aula las manifestaciones culturales); diseñar
programas de protección (museos, resguardos, zonas especiales); comprender la
cultura...