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miércoles, 30 de septiembre de 2015

07. Investigación y pasión II


Evaluación

Dice Joliot que sólo una evaluación rigurosa justifica la libertad que necesita la investigación. Si pedimos libertad, no sólo tenemos que soportar una evaluación rigurosa, sino que tendríamos que exigirla. En educación estamos acostumbrados a pedir libertad, pero a defendernos de las evaluaciones. Es un panorama sin ética, un tanto cínico... pues al que le pedimos autonomía y libertad es el que nos paga y, sin embargo, no puede evaluarnos. Ahora bien, eso no justifica cualquier evaluación; pero de alguna forma la manera como el otro pretende evaluarnos tiene mucho que ver con lo que hacemos y lo que no hacemos. La “libertad” es algo dado delante de otros.
Joliot señala dos problemas, uno en cada extremo: del lado de quien evalúa y del lado de los evaluados:

a) Del lado de los comités —estatales o privados—, señala que están en una perspectiva de “investigación por objetivos” y, en consecuencia, no son óptimos para evaluar la investigación fundamental, que requiere mucha creatividad. Pero no hay que olvidar que para él “creatividad” no es improvisación y ausencia de reglas (muchos creen que así obra el artista... se ve que no conocen el arte); al contrario, para Joliot la creatividad tiene que ver con las posibilidades abiertas por el conocimiento profundo de una disciplina y el ejercicio riguroso de la investigación. No obstante, tales comités, con su sesgo, son insensibles a los riesgos de la creatividad y de la incertidumbre. Ellos quieren planificación y no hay una incertidumbre planificada (es una contradicción en los términos); ellos quieren unos límites precisos, pero no hay “creatividad oficial” (es un fiasco, dice). La evaluación puede ser programación solapada y la investigación fundamental no se deja programar.

Y, b) del lado de las comunidades, éstas usan la evaluación para auto-validarse y, en consecuencia, eternizan los efectos de moda. ¿Y no estamos pidiendo a todos los puntos cardinales la auto-evaluación, en aras a la justicia social? Un campo de saber no tiene que ver con la justicia ni con las consideraciones (no es que los sujetos no tengan que ver con eso, sino que en la medida en que tienen que ver con eso, configuran otro campo o, al menos, otra esfera de la praxis). En los torneos de ajedrez no se deja ganar a los más pequeños; hay niños que son maestros internacionales y le ganan a los más grandes; no se deja ganar a los “más débiles”, pues justamente el móvil del torneo es saber quién obtiene mejores resultados a partir del uso riguroso y creativo de las reglas del juego... Otra cosa es cuando estamos enseñando a jugar... La mejor forma para no avanzar en el saber es haciendo evaluaciones complacientes.
En la historia de la ciencia, los conceptos nuevos no han sido comprendidos por los evaluadores. La universidad, por ejemplo, ha estado a la zaga de muchas revoluciones científicas; así mismo, las revistas científicas se resisten a la innovación (al punto que un descubrimiento puede definirse como el hecho rechazado por un perito escrupuloso). Ahora bien, esto no resiste una lectura biunívoca, en el sentido de que si me rechazan un trabajo, entonces es un descubrimiento; o que si los evaluadores no comprenden mi trabajo, entonces es una innovación valiosa. De ninguna manera. Joliot está hablando de Galileo, está hablando de trabajo de mucho rigor científico que, justamente por eso, pueden dejar atrás a un comité, a una instancia de juicio oficial. Recordemos, también, que Joliot se está refiriendo al espacio de presión entre el campo y la sociedad, no a la dinámica interna al campo que emite juicios sobre los enunciados. A veces la aceptación de una idea en el campo puede ser póstuma, puede durar siglos... ese es otro ámbito.
Si la evaluación ha de estar a la altura de las características de la investigación, ¿cómo saber cuáles son tales características, si el campo está diseminado en congregaciones que muchas veces no se comunican?, ¿cómo saber el momento en que un investigador alcanza la madurez, de acuerdo con la línea que sigue de su disciplina?
En cualquier caso, para Joliot la evaluación cuantitativa es la que menos le interesan las características del campo o de sus tendencias constitutivas: supuestamente es una evaluación objetiva, se deja procesar fácilmente y se ejecuta automáticamente (Citation index). Pero, obsérvese que tales propiedades sólo apuntan a la comodidad de su administración, no a su precisión. Efectivamente, los administradores —que suelen ser incompetentes en el campo científico mismo— justifican sus decisiones arbitrarias en esas bases de datos. La evaluación cuantitativa: a) refuerza los efectos de moda; b) coarta la innovación; c) frena las inclinaciones de los investigadores (¿cuánto se tarda el investigador para adquirir credibilidad en un nuevo campo?); d) induce a hacer propuestas prematuras de aplicación; y e) da lugar a una pragmática perversa: citación mutua, firma colectiva de artículos que falsean la competitividad, producción en serie de papers...
De nuevo, acá no podemos leer biunívocamente: como yo hablo contra la evaluación cuantitativa, entonces mi trabajo es bueno. De ninguna manera. Insistamos: lo que está en el fondo de los comentarios de Joliot es la investigación seria y rigurosa de una vida dedicada al campo científico, no a la crítica de las evaluaciones cuantitativas.
En este punto (y sólo porque el saber no está en discusión, es innegociable en su lugar protagónico) hace una propuesta que nuestras instancias administradoras de educación bien harían en considerar: mejor que evaluar a priori (por ejemplo, el famoso “proyecto de investigación”) es evaluar a posteriori: si al analizar los resultados de los años precedentes, el juicio es positivo, parece razonable «darle el equivalente de un cheque en blanco al investigador o al equipo en cuestión, dejándole por espacio de dos o tres años un amplio grado de libertad en la gestión de sus investigaciones» [p.40]: dar libre curso a la imaginación, hacer ajustes temáticos, etc.; sin que dar apoyo a ideas originales o revolucionarias sea una forma de laxitud o demagogia que vayan contra la credibilidad de la comunidad científica. Y, de nuevo no hagamos lecturas hacia atrás: si no me llaman a financiarme tres años de investigación incondicionada es porque se trata de una autoridad incompetente. No. Joliot está hablando de la garantía que implica una investigación de años, juzgada desde el rigor del campo científico; a ese juicio, los administradores de la investigación podrían responder con ese “cheque en blanco”.

Información

Todo progreso tecnológico puede traer implicaciones negativas. Por ejemplo, la promesa de la libre circulación de los bienes culturales (Internet) aumenta exponencialmente la cantidad de información, pero 1) disminuye su calidad; 2) no mejora la comunicación; 3) envicia; 4) no modifica nuestra capacidad de adquirir, almacenar, asimilar y emitir información; 5) usa aparatos que desbordan la capacidad física del usuario; 6) es poco fiable; 7) no resulta inteligible para el gran público, cuando son datos en bruto, pues se necesita formación para que éstos estimulen la reflexión conceptual y creativa; 8) inhibe la creatividad, cuando tratamos de estar al tanto de las novedades.
¡Y nosotros elogiando los aparatos y la red, como si ellos fueran garantía del conocimiento! No es así: si mi postura no es la requerida para conocer una disciplina y enunciar desde ella, una gran cantidad de información es peor que una información más restringida, pero más especializada. No tendré mejor comunicación si creo que ésta es mejor en proporción a la velocidad de transmisión de información. Si no me interesa conocer, la búsqueda de información se me convierte en “navegar”, es decir, en una deriva, en un vicio. Si creemos que el medio es el mensaje, podemos tener la ilusión de que no hay necesidad de aprender a escribir, sino más bien de tener un buen procesador de palabras; la ilusión de que no hay necesidad de requerir los datos, sino de tener un buen programa para procesarlos; etc. Si nos parece que no hay necesidad de forjarse un criterio, sino de tener muchos datos, pasamos a promediar datos y opiniones heterogéneas, con lo cual nada aprendemos y sí contribuimos a aumentar el desorden reinante. Si creemos que el conocimiento es un asunto de la última información, nos volvemos adictos a estar actualizados, lo cual no permite ni decantar el saber ni explorar sus posibilidades creativas.
Además, antes de Internet, ya los investigadores buscaban y encontraban información pertinente. La ciencia no esperó a Internet para existir y tampoco se ha visto transformada en su especificidad por la aparición de Internet. Antes de la red, ya la cantidad de publicaciones era imposible de asimilar, aún en la propia disciplina, de manera que en términos de investigación en un campo de saber científico, la red sólo ha tocado un asunto, no ha conmovido el campo.
El alto flujo de información, a) produce un falso equilibrio, siendo que la creación se da en el desequilibrio, con cierto confinamiento, gracias a un capital de ignorancia e ingenuidad; b) supuestamente requiere asimilar con rapidez hechos y conceptos nuevos, pero esto va de la mano con la falta de espíritu crítico y con un aprendizaje lineal, incapaz de detectar fallas o restricciones en conceptos y razonamientos (es la línea de la “enseñanza interactiva” que privilegia la rapidez de reacción, no la reflexión o la comprensión); c) inhibe la iniciativa, que podría estimularse y renovarse conociendo otros campos.
Hoy se piensa que es imposible investigar sin computadoras y programas, pero éstos: 1) Inscriben a los investigadores en una carrera tras una tecnología en constante evolución, con la consiguiente pérdida de tiempo de adaptación. 2) Son considerados autónomos e inteligentes y, en consecuencia, se les delega parte de la actividad creadora (pero la mecánica intelectual de la programación no concuerda con el esfuerzo de conceptualización). 3) Alejan de las virtudes del experimento, al sustituirlo por “simulaciones”. 4) Permiten modelar con más parámetros de los necesarios.
Pero, a) la computadora sólo restituye, de forma elaborada, lo que le hemos introducido; b) el hecho inesperado, por definición, no se puede programar ni simular; c) cuando la simulación depende de la naturaleza misma del objeto, es necesario concluir en condicional (dados los límites que se introducen).
Más que «manipular, de forma cada vez más compleja, la información ya disponible» [p.53], el investigador crea nueva información.