Evaluación
Dice Joliot que sólo una
evaluación rigurosa justifica la libertad que necesita la investigación. Si
pedimos libertad, no sólo tenemos que soportar una evaluación rigurosa, sino
que tendríamos que exigirla. En educación estamos acostumbrados a pedir
libertad, pero a defendernos de las evaluaciones. Es un panorama sin ética, un
tanto cínico... pues al que le pedimos autonomía y libertad es el que nos paga
y, sin embargo, no puede evaluarnos. Ahora bien, eso no justifica cualquier
evaluación; pero de alguna forma la manera como el otro pretende evaluarnos
tiene mucho que ver con lo que hacemos y lo que no hacemos. La “libertad” es algo
dado delante de otros.
Joliot señala dos problemas, uno en cada extremo:
del lado de quien evalúa y del lado de los evaluados:
a) Del lado de los comités —estatales o
privados—, señala que están en una perspectiva de “investigación por objetivos”
y, en consecuencia, no son óptimos para evaluar la investigación fundamental,
que requiere mucha creatividad. Pero no hay que olvidar que para él
“creatividad” no es improvisación y ausencia de reglas (muchos creen que así
obra el artista... se ve que no conocen el arte); al contrario, para Joliot la
creatividad tiene que ver con las posibilidades abiertas por el conocimiento
profundo de una disciplina y el ejercicio riguroso de la investigación. No
obstante, tales comités, con su sesgo, son insensibles a los riesgos de la
creatividad y de la incertidumbre. Ellos quieren planificación y no hay una
incertidumbre planificada (es una contradicción en los términos); ellos quieren
unos límites precisos, pero no hay “creatividad oficial” (es un fiasco, dice). La
evaluación puede ser programación solapada y la investigación fundamental no se
deja programar.
Y, b) del lado de las comunidades, éstas usan
la evaluación para auto-validarse y, en consecuencia, eternizan los efectos de
moda. ¿Y no estamos pidiendo a todos los puntos cardinales la auto-evaluación,
en aras a la justicia social? Un campo de saber no tiene que ver con la
justicia ni con las consideraciones (no es que los sujetos no tengan que ver
con eso, sino que en la medida en que tienen que ver con eso, configuran otro
campo o, al menos, otra esfera de la praxis). En los torneos de ajedrez no se
deja ganar a los más pequeños; hay niños que son maestros internacionales y le
ganan a los más grandes; no se deja ganar a los “más débiles”, pues justamente el
móvil del torneo es saber quién obtiene mejores resultados a partir del uso
riguroso y creativo de las reglas del juego... Otra cosa es cuando estamos
enseñando a jugar... La mejor forma para no avanzar en el saber es haciendo evaluaciones
complacientes.
En la historia de la ciencia, los conceptos
nuevos no han sido comprendidos por los evaluadores. La universidad, por
ejemplo, ha estado a la zaga de muchas revoluciones científicas; así mismo, las
revistas científicas se resisten a la innovación (al punto que un
descubrimiento puede definirse como el hecho rechazado por un perito
escrupuloso). Ahora bien, esto no resiste una lectura biunívoca, en el sentido
de que si me rechazan un trabajo, entonces es un descubrimiento; o que si los
evaluadores no comprenden mi trabajo, entonces es una innovación valiosa. De
ninguna manera. Joliot está hablando de Galileo, está hablando de trabajo de
mucho rigor científico que, justamente por eso, pueden dejar atrás a un comité,
a una instancia de juicio oficial. Recordemos, también, que Joliot se está refiriendo
al espacio de presión entre el campo y la sociedad, no a la dinámica interna al
campo que emite juicios sobre los enunciados. A veces la aceptación de una idea
en el campo puede ser póstuma, puede durar siglos... ese es otro ámbito.
Si la evaluación ha de estar a la altura de las
características de la investigación, ¿cómo saber cuáles son tales
características, si el campo está diseminado en congregaciones que muchas veces
no se comunican?, ¿cómo saber el momento en que un investigador alcanza la
madurez, de acuerdo con la línea que sigue de su disciplina?
En cualquier caso, para Joliot la evaluación cuantitativa
es la que menos le interesan las características del campo o de sus tendencias
constitutivas: supuestamente es una evaluación objetiva, se deja procesar
fácilmente y se ejecuta automáticamente (Citation
index). Pero, obsérvese que tales propiedades sólo apuntan a la comodidad
de su administración, no a su precisión. Efectivamente, los administradores —que
suelen ser incompetentes en el campo científico mismo— justifican sus decisiones
arbitrarias en esas bases de datos. La evaluación cuantitativa: a) refuerza los
efectos de moda; b) coarta la innovación; c) frena las inclinaciones de los
investigadores (¿cuánto se tarda el investigador para adquirir credibilidad en
un nuevo campo?); d) induce a hacer propuestas prematuras de aplicación; y e) da
lugar a una pragmática perversa: citación mutua, firma colectiva de artículos que
falsean la competitividad, producción en serie de papers...
De nuevo, acá no podemos leer biunívocamente:
como yo hablo contra la evaluación cuantitativa, entonces mi trabajo es bueno.
De ninguna manera. Insistamos: lo que está en el fondo de los comentarios de
Joliot es la investigación seria y rigurosa de una vida dedicada al campo científico,
no a la crítica de las evaluaciones cuantitativas.
En este punto (y sólo porque el saber no está
en discusión, es innegociable en su lugar protagónico) hace una propuesta que nuestras
instancias administradoras de educación bien harían en considerar: mejor que
evaluar a priori (por ejemplo, el
famoso “proyecto de investigación”) es evaluar a posteriori: si al analizar los resultados de los años precedentes,
el juicio es positivo, parece razonable «darle el equivalente de un cheque en
blanco al investigador o al equipo en cuestión, dejándole por espacio de dos o
tres años un amplio grado de libertad en la gestión de sus investigaciones»
[p.40]: dar libre curso a la imaginación, hacer ajustes temáticos, etc.; sin
que dar apoyo a ideas originales o revolucionarias sea una forma de laxitud o
demagogia que vayan contra la credibilidad de la comunidad científica. Y, de
nuevo no hagamos lecturas hacia atrás: si no me llaman a financiarme tres años
de investigación incondicionada es porque se trata de una autoridad incompetente.
No. Joliot está hablando de la garantía que implica una investigación de años,
juzgada desde el rigor del campo científico; a ese juicio, los administradores
de la investigación podrían responder con ese “cheque en blanco”.
Información
Todo progreso tecnológico puede
traer implicaciones negativas. Por ejemplo, la promesa de la libre circulación
de los bienes culturales (Internet) aumenta exponencialmente la cantidad de
información, pero 1) disminuye su calidad; 2) no mejora la comunicación; 3) envicia;
4) no modifica nuestra capacidad de adquirir, almacenar, asimilar y emitir
información; 5) usa aparatos que desbordan la capacidad física del usuario; 6)
es poco fiable; 7) no resulta inteligible para el gran público, cuando son datos
en bruto, pues se necesita formación para que éstos estimulen la reflexión
conceptual y creativa; 8) inhibe la creatividad, cuando tratamos de estar al
tanto de las novedades.
¡Y nosotros elogiando los aparatos y la red,
como si ellos fueran garantía del conocimiento! No es así: si mi postura no es
la requerida para conocer una disciplina y enunciar desde ella, una gran cantidad
de información es peor que una información más restringida, pero más
especializada. No tendré mejor comunicación si creo que ésta es mejor en proporción
a la velocidad de transmisión de información. Si no me interesa conocer, la búsqueda
de información se me convierte en “navegar”, es decir, en una deriva, en un
vicio. Si creemos que el medio es el mensaje, podemos tener la ilusión de que
no hay necesidad de aprender a escribir, sino más bien de tener un buen
procesador de palabras; la ilusión de que no hay necesidad de requerir los
datos, sino de tener un buen programa para procesarlos; etc. Si nos parece que no
hay necesidad de forjarse un criterio, sino de tener muchos datos, pasamos a
promediar datos y opiniones heterogéneas, con lo cual nada aprendemos y sí
contribuimos a aumentar el desorden reinante. Si creemos que el conocimiento es
un asunto de la última información, nos volvemos adictos a estar actualizados,
lo cual no permite ni decantar el saber ni explorar sus posibilidades
creativas.
Además, antes de Internet, ya los
investigadores buscaban y encontraban información pertinente. La ciencia no
esperó a Internet para existir y tampoco se ha visto transformada en su
especificidad por la aparición de Internet. Antes de la red, ya la cantidad de
publicaciones era imposible de asimilar, aún en la propia disciplina, de manera
que en términos de investigación en un campo de saber científico, la red sólo
ha tocado un asunto, no ha conmovido el campo.
El alto flujo de información, a) produce un
falso equilibrio, siendo que la creación se da en el desequilibrio, con cierto
confinamiento, gracias a un capital de ignorancia e ingenuidad; b) supuestamente
requiere asimilar con rapidez hechos y conceptos nuevos, pero esto va de la
mano con la falta de espíritu crítico y con un aprendizaje lineal, incapaz de
detectar fallas o restricciones en conceptos y razonamientos (es la línea de la
“enseñanza interactiva” que privilegia la rapidez de reacción, no la reflexión o
la comprensión); c) inhibe la iniciativa, que podría estimularse y renovarse
conociendo otros campos.
Hoy se piensa que es imposible investigar sin
computadoras y programas, pero éstos: 1) Inscriben a los investigadores en una
carrera tras una tecnología en constante evolución, con la consiguiente pérdida
de tiempo de adaptación. 2) Son considerados autónomos e inteligentes y, en
consecuencia, se les delega parte de la actividad creadora (pero la mecánica
intelectual de la programación no concuerda con el esfuerzo de
conceptualización). 3) Alejan de las virtudes del experimento, al sustituirlo
por “simulaciones”. 4) Permiten modelar con más parámetros de los necesarios.
Pero, a) la computadora sólo restituye, de
forma elaborada, lo que le hemos introducido; b) el hecho inesperado, por
definición, no se puede programar ni simular; c) cuando la simulación depende
de la naturaleza misma del objeto, es necesario concluir en condicional (dados los
límites que se introducen).
Más que «manipular, de forma cada vez más
compleja, la información ya disponible» [p.53], el investigador crea nueva
información.