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lunes, 3 de noviembre de 2014

10. Una aproximación al currículo (II)

El currículo no es la excepción a todo esto que venimos diciendo: trabajar en el ámbito educativo no es una ventaja para conocerlo. Y quienes enseñan diseño curricular no necesariamente lo conocen, si hemos de atender a lo que dicen que hay que tener en cuenta en su formulación, a saber: ‘principios’, ‘objetivos’, ‘propósitos’, ‘métodos’, ‘seguimiento’, ‘perfil’, entre otros. Por lo indicado más atrás, podríamos decir que tales términos (que tal jerga) constituye un sistema más o menos complejo de representación que garantiza, bien o mal, el funcionamiento de esa experiencia, sin que necesariamente la entienda, desde el punto de vista cognitivo. Brevemente, podríamos hacerle preguntas como las siguientes: ¿de dónde se toman los ‘objetivos’?, ¿qué función tienen esos ‘propósitos’ en el funcionamiento social?, ¿a qué se llama ‘método’?, ¿por qué habría que hacer un ‘seguimiento’?, ¿qué postura es necesario asumir para suponer que se puede producir deliberadamente un ‘perfil’?, ¿al servicio de qué intereses sociales están las distintas formas de concebir el diseño curricular?, etc.
Preguntas como éstas no caben en esa práctica; por eso no puedan ser respondidas o lo serán de una manera que subsume los términos a su propia lógica. Sencillamente, allí se despliegan maneras acendradas de hacer que, mientras respondan a su nivel —un nivel formal, podemos decir—, no necesitan ser interrogadas. Ahora bien, la “efectividad” —el hecho de que funcionen— no es una fuerza probatoria en términos cognitivos, aunque parezca serlo en términos prácticos. “Funciona para mí”, era la frase que caracterizaba a Rick Hunter, un detective de la policía en una serie televisiva de los años 80, y puede ser la que caracterice hoy en día la pragmática de la experiencia, pues ya no sólo es que funciona, sino que funciona para mí (certeza sensible), o sea, independientemente de los demás, incluso de si se les produce daño a los demás. En cambio, el juicio frente a los enunciados que profiere el campo científico no se rige por este procedimiento; allí sería más bien algo así como funciona para nosotros, los que estamos en capacidad de manejar cierta manera de producir enunciados… mientras alguno no lo objete razonablemente. Como se ve, aun si se restringiera a este aspecto del juicio sobre los enunciados, se trata de campos completamente distintos.
A diferencia de las otras esferas de la praxis humana, la que produce saber defiende el interés de que no prime el interés. Y, en esa medida, va ganando una cierta independencia del contexto (pretende no validar sus enunciados con ayuda del contexto histórico-social inmediato). En cambio, las representaciones que nos hacemos de nuestra relación con la experiencia, son absolutamente dependientes del contexto.
En este punto, nos corresponde hacer una aclaración. Se trata de algo que, hasta cierto punto, se puede inferir de lo dicho: la ciencia no es propiamente un campo de aplicación. Para afirmarlo, tenemos en cuenta los siguientes criterios:

a.    La gran mayoría de las aplicaciones no necesita de explicaciones científicas: siglos antes de conocerse las propiedades químicas de la úrea, los campesinos ya fertilizaban las plantas mezclando un poco de orina en el agua; siglos antes de que se estableciera la relación entre evaluación y currículo, los estudiantes ya preguntaban al maestro si lo que estaba diciendo iba a salir en el examen. Así ha sido siempre. Incluso hoy, que sentimos una mayor presencia de la ciencia en la vida, la inmensa mayoría de prácticas cotidianas no funcionan como aplicación de una ciencia (aunque se lo diga, pues es parte del marketing: muchos productos se publicitan mencionando el lema “demostrado científicamente” o exhibiendo personas ataviadas a la manera estereotipada que se entiende el científico: con una bata blanca, en un laboratorio, con un instrumento de detección “objetiva”).
b.    Toda aplicación es contextual (obedece a necesidades puntuales, “sentidas” en cierta condición espacio-temporal) y hemos dicho que el campo de la ciencia es —hasta cierto punto— independiente de contexto.
c.     Las aplicaciones corren por cuenta de una práctica de especificidad distinta a la ciencia, es exigida por otros asuntos, está atenta a otras cosas, condicionada de otra forma… lo cual no impide que sea realizada por las mismas personas que producen el saber. Ingeniería y tecnología son expresiones que hablan de la especialización que ha ido ganando ese otro campo y, a su vez, de la estrecha relación que guardan con la ciencia. En ese sentido, el par “investigación básica” (o “teórica”) / “investigación aplicada” es más confuso que esclarecedor[1]. Ahora bien, que una investigación científica esté acicateada por una pregunta surgida en el campo de la aplicación (algo cada vez más corriente), no quiere decir que tengamos que mezclar ambas especificidades. Una cosa es la tensión interna del campo (alrededor de su gramática) y otra la presión externa, que corresponde, por ejemplo, a este tipo de demanda (alrededor de intereses políticos, económicos, etc.).
d.   Hay una desigualdad creciente entre la producción de algoritmos y la posibilidad de su aplicación. Paul Dirac formuló el positrón 4 años antes (1928) de su hallazgo experimental por Carl Anderson; pero hubo que esperar 50 años para encontrarle una aplicación. Y entre la postulación de la partícula de Higss y su hallazgo hubo 50 años… y no se ve todavía qué “aplicaciones” le corresponderían.

Ahora bien, esto no niega las aplicaciones hechas con los hallazgos de la ciencia (de hecho, se hacen muchísimas); incluso con sus errores[2] o con sus efectos inesperados[3]. No obstante, es muy distinto exigir, como parte de la investigación, la aplicación. Es lo que se hace en la investigación en educación: se le pide al investigador que diga cuáles son las aplicaciones de su trabajo; esto puede presentarse en el tutor (que —por ejemplo en las tesis universitarias— lo indica verbalmente), en los formatos instituciones educativas y financiadoras de investigación exigen llenar (como espacio que es obligatorio diligenciar), o en los juicios a los resultados (“y eso, ¿para qué sirve?”).
Así, quizá el diseño curricular y la pedagogía formen parte del campo de aplicación.
Entonces, como a cualquier asunto que se tome con el propósito de conocer, le supondremos al currículo una estructura subyacente, no evidente, que funciona independientemente de la manera como nos lo representamos, aunque —como hemos dicho— la representación interviene, de alguna manera, en su funcionamiento. Así, que hoy parezca que es forzoso formular currículos “funcionales y contextuales”, ajustados a unas “necesidades” enunciadas de manera anónima, etc., no sería más que un efecto de una serie de condiciones no evidentes que confluyen y que, si queremos conocer, es necesario tratar de explicitar; pero que, si no queremos entender, se nos presentan como evidencias, como obligaciones.
Ahora bien, tomar el currículo (en su manifestación empírica como es un plan de estudios) como asunto a conocer no quiere decir que sea objeto de conocimiento de una disciplina, pues no falta el apresurado que postule una “curricología” (no en vano, se habla de “expertos en currículo”). Ninguna disciplina tiene como objeto de conocimiento al currículo; ni siquiera a la educación. Otra cosa es que, en el marco del objeto abstracto formal de una disciplina —como la formación social, por ejemplo, en el caso de la sociología—, haya que ocuparse de cuestiones como la escuela o como el currículo. Eso implica, de manera inmediata, que lo recortado por los conceptos de la disciplina no tiene por qué coincidir con lo “percibido”. La experiencia hace distinciones que muchas veces la teoría unifica y, otras tantas veces, une cuestiones que la teoría permite desagregar[4].
Ahora bien, eso no impide que se creen espacios ambiguos que, a nombre de algunas disciplinas, digan tener a la educación como objeto. Pero suele ocurrir que estos espacios —llamados, por ejemplo, “de complejidad”, “holísticos”, “inter-disciplinares”, “multi-disciplinares” e, incluso, “trans-disciplinares”— agencien cierta representación, respondiendo a determinados intereses que no son exactamente cognitivos, tales como la necesidad de “mejorar la calidad de la educación”, el compromiso institucional de “hacer inclusión” o el desafío de “tratar los problemas de aprendizaje”, etc. Se trata de asuntos que, siendo legítimos para ciertas perspectivas, apuntan a objetos generados en el funcionamiento político-social, incluso mediático (los “problemas de aprendizaje”, por ejemplo, son considerados por Charlot como un objeto socio-mediático); asuntos que entonces se tramitan utilizando conceptos de una manera que no siempre respeta la especificidad que éstos tienen en sus disciplinas… y todos al tiempo, lo que materializa una forma de hacer puentes entre disciplinas que no observa criterios epistemológicos.
En esta dirección, habría que tener en cuenta que las categorías se inter-definen; es decir, que conforman un cuerpo conceptual no por su sumatoria, sino por el conjunto de sus relaciones. Así, la categoría entra como un tensor —por decirlo de alguna manera— en un juego de relaciones heterogéneas [Hjelmslev, 1943]. Dicho de otra manera: mientras a la experiencia educativa le parece evidente la existencia del currículo, el ejercicio conceptual trata más bien de establecer relaciones, de las cuales son efecto percepciones como ésa. De entrada, esto implica no preguntarse qué es el currículo, sino qué conjunto de relaciones habría que concebir para hacerlo existir.
Desde esa perspectiva, planteamos que lo percibido como currículo es un momento del funcionamiento de un… ¿cómo decirlo?… ¿”aparato formativo”?, ¿”dispositivo formativo”? Aquí tenemos un problema terminológico: este par de palabras cargan con sendas tradiciones que introducen una serie de presupuestos de los que no estamos en capacidad de hacernos cargo: ‘dispositivo’ se usa en muchos ámbitos, aunque quienes más lo hacen sonar en nuestro medio son los seguidores de Michel Foucault, al punto que parece ser parte del arsenal conceptual del autor[5]; por su parte, ‘aparato’ tiene una tradición en el materialismo histórico, que lo usa, por ejemplo, en expresiones como aparato de Estado, Aparatos Ideológicos de Estado y Aparato represivo de Estado[6]. Ahora bien, cuando queremos referirnos a ese “mecanismo” formativo, tampoco es preciso llamarlo ‘escuela’, pues ésta pertenecería a un orden institucional que, claro que tiene relación con la formación, pero que no coincide puntualmente con ella.





[1]       Veamos las simplezas que se hacen en su nombre: la revista Applied Research on Quality of Life (Investigación aplicada a la calidad de vida) mostró que la mayor felicidad en unas vacaciones se da durante la planeación del viaje. Y en el Institute of Applied Positive Research (Instituto de investigaciones aplicadas) se descubrió que unas vacaciones mal planeadas anulan el efecto positivo del descanso (Revista Semana #1679, julio 6 de 2014. Sección “Vida moderna”, artículo «Las vacaciones tienen ciencia», p.90).
[2]       Marie Curie murió por la exposición a la radiación, cuyos efectos eran desconocidos en aquel entonces; pero, ahora que los conocemos, constituyen uno de los métodos sutiles para eliminar enemigos (Yasser Arafat, por ejemplo, fue envenenado de esta forma).
[3]       Por ejemplo, el horno microondas resultó de una casualidad: en 1946, mientras probaba un nuevo tubo al vacío, al ingeniero Percy Spencer se le derritió una chocolatina que tenía en el bolsillo; luego de varias pruebas, dedujo que la energía de baja densidad de las microondas podía calentar objetos que tuvieran agua.
[4]       Lo que un hablante percibe como la misma oración gramatical, es percibido por la teoría de los actos de habla como una declaración, una orden, un pedido, etc.; y viceversa: lo que un hablante percibe como dos oraciones gramaticalmente diferentes, pueden realizar el mismo acto de habla.
[5]       Como bien lo discuten Deleuze y Agamben cuando hablan sobre el concepto dispositivo en Foucault.
[6]       Althusser, 1969.