En cuanto que, partiendo de la
primera unidad inmediata y pasando por los momentos de la configuración y del
proceso de retorno a la unidad de estos dos momentos y, con ello, a la primera
sustancia simple, es que esta unidad reflejada es otra que la primera. Frente a
aquella unidad inmediata o expresada como un ser, esta segunda es la unidad
universal, que tiene en ella, como superados, todos estos momentos. Es el género
simple, que en el movimiento de la vida misma no existe para sí como esto
simple, sino que en este resultado la vida remite a un otro de lo que ella es
precisamente, a la conciencia, para la que la vida es como esta unidad o como
género.
Ahora bien, esta otra vida, para la
que el género es como tal y que es para sí misma género, la autoconciencia sólo
comienza siendo para sí como esta esencia simple y se tiene por objeto como yo
puro; a, lo largo de su experiencia, que ahora hay que pararse a considerar,
este objeto abstracto se enriquecerá para ella y adquirirá el despliegue que
hemos visto en la vida.
El simple yo sólo es este género o
lo simple universal para lo que las diferencias no lo son en cuanto es la esencia
negativa de los momentos independientes que se han configurado; por donde la
autoconciencia sólo está cierta de sí misma mediante la superación de este
otro, que aparece ante ella como vida independiente; es una apetencia. Cierta
de la nulidad de este otro, pone para sí esta nulidad como su verdad, aniquila
el objeto independiente y se da con ello la certeza de sí misma como verdadera
certeza, como una certeza que ha devenido para ella misma de modo objetivo.
Pero, en esta satisfacción la
autoconciencia pasa por la experiencia de la independencia de su objeto. La
apetencia y la certeza de sí misma alcanzada en su satisfacción se hallan
condicionadas por el objeto, ya que la satisfacción se ha obtenido mediante la
superación de este otro; para que esta superación sea, tiene que ser este otro.
Por tanto, la autoconciencia no puede superar al objeto mediante su actitud
negativa ante él; lejos de ello, lo reproduce así, como reproduce la apetencia.
Es, en realidad, un otro que la autoconciencia, la esencia de la apetencia; y
gracias a esta experiencia ha devenido para ella misma esta verdad. Pero, al
mismo tiempo, la autoconciencia es también absolutamente para sí, y lo es
solamente mediante la superación del objeto y éste tiene que llegar a ser su
satisfacción, puesto que es la verdad. Por razón de la independencia del
objeto, la autoconciencia sólo puede, por tanto, lograr satisfacción en cuanto
que este objeto mismo cumple en él la negación; y tiene que cumplir en sí esta negación
de sí mismo, pues el objeto es en sí lo negativo y tiene que ser para otro lo
que él es. En cuanto que el objeto es en sí mismo la negación y en la negación
es al mismo tiempo independiente, es conciencia. En la vida, que es el objeto
de la apetencia, la negación o bien es en un otro, a saber, en la apetencia, o
es como determinabilidad frente a otra figura indiferente, o como su naturaleza
inorgánica universal. Pero esta naturaleza universal independiente, en la que
la negación es como negación absoluta, es el género como tal o como
autoconciencia. La autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia.
Solamente en estos tres momentos se
ha cumplido el concepto de la autoconciencia de sí: a) el puro yo no diferenciado
es su primer objeto inmediato. b) Pero esta inmediatez es ella misma mediación
absoluta, sólo es como superación del objeto independiente, o es la apetencia.
La satisfacción de la apetencia es, ciertamente, la reflexión de la
autoconciencia en sí misma o la certeza que ha devenido verdad. c) Pero la verdad
de esta certeza es más bien la reflexión duplicada, la duplicación de la
autoconciencia. Es un objeto para la conciencia, que pone en sí mismo su ser otro
o la diferencia como algo nulo, siendo así independiente. La figura
diferenciada solamente viva supera indudablemente su propia independencia en el
proceso de la vida misma pero al desaparecer su diferencia también ella deja de
ser lo que es; el objeto de la autoconciencia, en cambio, sigue siendo tan
independiente en esta negatividad de sí mismo; y, de este modo, es para sí
mismo género, fluidez universal en la peculiaridad de su propia distinción; es
una autoconciencia viva.
Es una autoconciencia para una
autoconciencia. Y solamente así es, en realidad, pues solamente así deviene
para ella la unidad de sí misma en su ser otro; el yo, que es el objeto de su
concepto, no es en realidad objeto; y solamente el objeto de la apetencia es
independiente, pues éste es la sustancia universal inextinguible, la esencia
fluida igual a sí misma. En cuanto una autoconciencia es el objeto, éste es
tanto yo como objeto. Aquí está presente ya para nosotros el concepto del
espíritu. Más tarde vendrá para la conciencia la experiencia de lo que el
espíritu es, esta sustancia absoluta que, en la perfecta libertad e
independencia de su contraposición, es decir, de distintas conciencias de sí
que son para sí, es la unidad de las mismas: el yo es el nosotros y el nosotros
el yo. La conciencia sólo tiene en la autoconciencia, como el concepto del
espíritu, el punto de viraje a partir del cual se aparta de la apariencia
coloreada del más acá sensible y de la noche vacía del más allá suprasensible,
para marchar hacía el día espiritual del presente.
Tomado de Hegel, G.W.F. Fenomenología del espíritu
Fondo de Cultura Económica
Págs. 111-113