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viernes, 3 de septiembre de 2021

02. El yo es el nosotros

 

La formación no tiene un vínculo necesario con los propósitos educativos (aunque éstos algo producen). De la formación sabremos de manera retroactiva, verificando un efecto, pues no todo acontecimiento humano es formativo, ni un propósito de formar es necesariamente formativo. Y un esfuerzo —sea del orden que sea— produce cosas, indudablemente, aunque no sean formativas.

Poner la formación en “modo-comunicación” permite creer que es algo que acontece entre iguales, como ocurre entre comunicadores y audiencias. Hemos pasado de la epistemología a la política, sin escalas. Antes, teníamos la idea de que todos podemos entender un saber, pues éste no exige una dotación biológica especial (todos tenemos, en principio, la misma), ni una iniciación ritual exclusiva (como en ciertas prácticas sociales); y, en consecuencia, tocaba hacer el esfuerzo correspondiente. Ahora, en cambio, se pasó a la idea de que todos tienen “derecho” a saber, sin hacer el trabajo, sin esforzarse; de ahí que, en este momento, asistamos al reinado de la opinión, al “empoderamiento” de la comunicación. Por eso, algunos profesores hoy se enuncian a sí mismos, ante sus estudiantes, como iguales, esgrimen la participación a ultranza, les parece una consigna que revolucionaría la educación. De hecho, hoy muchas instituciones escolares someten las normas y los planes de estudio al concepto de los estudiantes, y distribuyen entre ellos formatos para evaluar a los profesores. Claro, pues hoy se ha promovido la idea de que «El alumno es el centro del proceso educativo, no el docente», como declaran al unísono las entidades gubernamentales, haciendo coro a la idea de que “el cliente siempre tiene la razón”.

Las implicaciones: un menoscabo en la presentación del saber (para que esté al alcance de todos, bajo la idea de que no harán el esfuerzo); una contracción de la oferta educativa, expresada en: menos tiempo de trabajo, menos páginas para leer, letra más grande en los textos escolares, más imágenes, más espacios de distracción, más juego, más derechos, menos límites; e, incluso, una demonización del saber, acusado de “academicismo”, de “intelectualismo”, etc.

Pero, según Hegel, «El yo es el nosotros y el nosotros el yo», y las autoconsciencias «Se reconocen como reconociéndose mutuamente». Ahora bien, tal reconocimiento conduce a un impase, a que las consciencias se eliminen: «se comprueban por sí mismas y la una a la otra mediante la lucha a vida o muerte». Sólo sobreviven si algo se interpola e introduce la diferencia. Por eso, en la dialéctica del señor y el siervo que propone Hegel, mientras el señor no está atado a la vida (negación sin independencia), el siervo sí lo está (independencia sin reconocimiento). Es decir, un referente externo —la muerte— se interpone entre las autoconciencias, de manera que la posición de cada una frente a ese referente (“no temo morir”, vs. “prefiero vivir”) las diferencia, evitando que se eliminen entre sí.

La idea de personas en el mismo nivel, las ubica en el registro imaginario, o sea, en un vínculo de identificación sensible (basado en el reconocimiento), mediante el cual el sujeto encuentra cierta consistencia en su cuerpo (pues el cuerpo no es un dato de entrada), al precipitarse en la imagen del semejante, junto con los objetos que se le adosan: en el registro imaginario, el deseo es el deseo del otro; por eso, se contiende por el objeto que tiene el semejante, por eso se contiende por el sitio. Esta relación se presenta en un contexto que conlleva forzosamente a la agresividad, toda vez que, si el otro otorga la unidad, también puede retirarla. La posesión de un cuerpo no entrega un yo “personal”, sino que constituye la primera persona del singular (‘yo’), es decir, el lugar desde el que se habla.