La formación no tiene un vínculo necesario con los
propósitos educativos (aunque éstos algo producen). De la formación sabremos de
manera retroactiva, verificando un efecto, pues no todo acontecimiento
humano es formativo, ni un propósito de formar es necesariamente formativo. Y
un esfuerzo —sea del orden que sea— produce cosas, indudablemente, aunque no
sean formativas.
Poner la formación en “modo-comunicación” permite
creer que es algo que acontece entre iguales, como ocurre entre comunicadores y
audiencias. Hemos pasado de la epistemología a la política, sin escalas. Antes,
teníamos la idea de que todos podemos entender un saber, pues éste no exige una
dotación biológica especial (todos tenemos, en principio, la misma), ni una
iniciación ritual exclusiva (como en ciertas prácticas sociales); y, en
consecuencia, tocaba hacer el esfuerzo correspondiente. Ahora, en cambio, se
pasó a la idea de que todos tienen “derecho” a saber, sin hacer el trabajo, sin
esforzarse; de ahí que, en este momento, asistamos al reinado de la opinión, al
“empoderamiento” de la comunicación. Por eso, algunos profesores hoy se
enuncian a sí mismos, ante sus estudiantes, como iguales, esgrimen la
participación a ultranza, les parece una consigna que revolucionaría la
educación. De hecho, hoy muchas instituciones escolares someten las normas y
los planes de estudio al concepto de los estudiantes, y distribuyen entre ellos
formatos para evaluar a los profesores. Claro, pues hoy se ha promovido la idea
de que «El alumno es el centro del proceso educativo, no el docente», como
declaran al unísono las entidades gubernamentales, haciendo coro a la idea de
que “el cliente siempre tiene la razón”.
Las implicaciones: un menoscabo en la presentación del
saber (para que esté al alcance de todos, bajo la idea de que no harán el
esfuerzo); una contracción de la oferta educativa, expresada en: menos tiempo
de trabajo, menos páginas para leer, letra más grande en los textos escolares,
más imágenes, más espacios de distracción, más juego, más derechos, menos
límites; e, incluso, una demonización del saber, acusado de “academicismo”, de
“intelectualismo”, etc.
Pero, según Hegel, «El yo es el nosotros y el nosotros el yo», y las autoconsciencias «Se reconocen
como reconociéndose mutuamente».
Ahora bien, tal reconocimiento conduce a un impase, a que las consciencias se
eliminen: «se comprueban por sí
mismas y la una a la otra mediante la lucha a vida o muerte». Sólo sobreviven
si algo se interpola e introduce la diferencia. Por eso, en la dialéctica del
señor y el siervo que propone Hegel, mientras el señor no está atado a la vida
(negación sin independencia), el siervo sí lo está (independencia sin
reconocimiento). Es decir, un referente externo —la muerte— se interpone entre
las autoconciencias, de manera que la posición de cada una frente a ese
referente (“no temo morir”, vs. “prefiero vivir”) las diferencia, evitando que
se eliminen entre sí.
La idea de personas en el mismo nivel, las ubica en el
registro imaginario, o sea, en un
vínculo de identificación sensible (basado en el reconocimiento), mediante el
cual el sujeto encuentra cierta consistencia en su cuerpo (pues el cuerpo no es
un dato de entrada), al precipitarse en la imagen del semejante, junto con los
objetos que se le adosan: en el registro imaginario, el deseo es el deseo del otro; por eso, se contiende por el objeto
que tiene el semejante, por eso se contiende por el sitio. Esta relación se
presenta en un contexto que conlleva forzosamente a la agresividad, toda vez
que, si el otro otorga la unidad, también puede retirarla. La posesión de un
cuerpo no entrega un yo “personal”, sino que constituye la primera persona del
singular (‘yo’), es decir, el lugar desde el que se habla.